martes, marzo 05, 2019

jueves, enero 17, 2019



¿No encuentras la llave?, mejor no pierdas el tiempo que se te ha dado buscándola.



Lo tenemos todo, pero no tenemos nada. Tenemos ropa en excesos narcisistas, mantas tampoco hacen falta ya porque con un botón ya sube la temperatura, abrimos los grifos a placer y corre agua fresca o caliente, el fuego que cocina nuestros alimentos viene por cables y la llama es ya presunción de confort. Los platos ya se lavan solos. Aquel paisaje al óleo fue sustituido por un inmenso plasma que ahora muestra hostias dialécticas,  guerra de egos frustrados.
Así pasan los días y nuestro río  acumula perturbación, impurezas que tragará hasta su fin.

Podemos adquirir armas sin encargo previo al herrero (entonces daba tiempo para pensártelo) y ver 365 asesinatos variados al año en nuestras pantallas: hoy toca un par de suicidios, una decapitación, violación en masa, tres muertes e innumerables muestras de poder arrogante, de abusos consentidos. Solo con dirigir un mando a distancia, sólo con decisión mórbida. 
Podemos imaginar con total libertad y nadie nos lo recrimina ni como consejo bienintencionado, ese «nadie» ya no se atreve...
Libres en una pecera nadamos sin reglas.
Respiramos entre la codicia y el deseo, la avaricia, la ira y la más absoluta ignorancia, analfabetos y borrachos de prejuicios seguimos aferrados a nuestro absurdo egótico, a nuestra ciega soberbia.
Solidaridad de cercanías, lácrimogenos a espuertas versus indiferencia con los malnutridos de lejos, con los ahogados que empapan nuestras blindadas casas.  Pornografía misericordiosa.
Millones de reyezuelos en millones de cajas cementadas respiran conectados a la Red.
No tenemos nada y creemos tenerlo todo. Comunismo consumista, capitalismo igualitario, voces grapadas alimentadas con falso oro, con exceso plástico.
Una tos, un bulto aquí, una flema manchada de sangre y pus... y lloramos desconsolados porque nos da más miedo el insoportable dolor que la misma presencia de la muerte... Y así, cuando más ocupado en recaudar sigas antes te ves en el ataúd, echando cuentas en el techo, arañando la vida que se te escurrió mientras soñabas por ese futuro impredecible, rasgándote las vestiduras por ese pasado que te ha moldeado y ese «mañana» que te ha engañado.
Para de porfiar, para de rezar, párate a respirar.
Hoy hace frio, mañana quizás llueva y luego, luego probablemente hará calor... ¿Dónde está la diferencia?

¿Ah, vale, que has encontrado tu llave? ¿y en qué piensas ahora?, no estarás cagando sobre tu cabeza para que te quede un cabello muy nutrido, un yo muy engreído: un ENGRUDO alquitranado que no te deja ver.
¿Has encontrado un rayito, una lucecita que sólo te habla a ti?, ¡oh!, ¡sí!, ¡esa aparición es mía! Soy el elegido para la promoción de este producto de felicidad, me autodenomino el condecorado pastor... y los demás que se busquen la vida, que encuentren su propia llave, allí en Oriente con ese tal Buda que va rapado, aquí, con Jesucristo sentado a la derecha del Dios Barbado, con Alá, que es tan grande que no ve que pasa en sus negros pies, ahí mismo, despotricado en mi sofá con CR7…
Masturbándome en mi queja y vomitando ese ayer que no quiero repetir.
Siéntate. Solo eso, y piensa que no es para dejar el tiempo pasar (enfurruñado, soberbio en la postura, metido en tu jaulón dorado), deja que la vida simplemente ocurra, sumérgete en ella y no busques llaves.
Ya no abren nada.
  

viernes, septiembre 07, 2018


Sólo cuando uno aprende a quedarse en la total intemperie, sin techo que le proteja del cosmos inmenso, sin paredes que le resguarden de los vientos, sin refugio alguno; sólo cuando uno renuncia a poder disponer de un cercado donde sentirse menos insignificante en el vasto espacio; sólo cuando, con los años, uno aprende a no esperar que la verdad tenga un rostro delimitado y próximo; sólo cuando se ha aprendido, por fin, a no intentar, de mil maneras, salvarse; sólo entonces, la verdad es inhóspita pero profundamente hospitalaria; despiadada como la inmensidad pero acogedora como una amante; vacía como un abismo pero haciéndose sentir con una presencia plena y cálida.

  Marìa Corbí. A la Intemperie

(Embalse del Cancho del Fresno y castaño «El abuelo», Villuercas).

lunes, abril 02, 2018

Silencio. El crepitar de la hoja seca.


Allá arriba, entre la bruma, se oye el chillar de los vencejos.


También escucho el roce de la niebla.


Escucho su lloro, sus gotas, lagrimas que tamborilean en la ancha hoja de la higuera.


Cada hueca negra simula ojo, boca desgarrada, sufrimiento y deseo incontrolado de arrancar la entraña pétrea a la madre. Costras de hierro, sulfuros rojos, naranjas, malvas… las paredes se empolvan de purpureas iridiscencias.



Un cómodo colchón encubre mis pasos, verdes de Irlanda y otoño. Más arriba, donde empieza la sima, los helechos se extienden. 
Y allá abajo, el ombligo de Venus, que susurra el ronroneo del núcleo que da origen al origen.



En este espacio de humedad, musgo, caliza y recio mineral crece, en su modestia, un almez.
Este árbol alto, si puede, busca el cielo y la luz. Surge de este hades intacto de rocío, atrio y sótano a la vez. 


Deja caer sus hojas serradas mansamente, sin bullicio, honestas en el silencio.

También vacía sus ramas de savia en invierno.

Tronco fuerte, robusto, cárdeno en su madurez. Mástil que al abrazarlo resulta cálido, como si quisiera ser aliento de la sima calcárea.

Raíces poderosas que sujetan al abismo.
(Abril, 2017)