martes, diciembre 03, 2013

Se anuncian Druidas.


Al pasar esta tarde de otoño y al entrar ya la noche en nuestras almas he perseguido una idea que me ha surgido justo al ver un cartel que versaba sobre un congreso  “el camino de la vida, los arcanos y las cartas de tarot”, tras una pausa de observación y al volver a la buhardilla justo después de compartir el fuego del hogar me ha llegado repentinamente esta reflexión:

Ya desde tiempo memoriales hemos intentado subyugar a la naturaleza, nuestras ansias nunca satisfechas y la impaciencia que da el hambre y el frio nos envalentonó a la hora de intentar dominar a las fuerzas naturales que veíamos como enemigas de nuestra comunidad. En esa lucha y tras las suficientes derrotas, el ente humano considera que si algo falla no es por culpa suya, costumbre muy aferrada en este mamífero, si no por algo ajeno a su campo de visión, a su manera de entender el medio y el contexto sensorial de su estado… digamos que crea un poder o fuerza invisible e inteligente que a partir de ahí regirá su destino y el de sus futuros herederos hasta nuestros días.

Así surge la figura del médium, aquel que se entrega a estas fuerzas para comprenderlas y desenmascararlas, que se aísla y se rodea de un halo de misticismo y lenguajes crípticos que sólo él y otros allegados de tribus cercanas culturalmente compartirán.

 Su función primordial será la interpretación de las señales de la naturaleza y mediante su vinculación al organigrama cultural de la tribu darlas a entender. El médium recibe un escalón en la jerarquía del poder, un poder compartido por los cabecillas que constantemente guerrean en post de una expansión decidida de sus respectivas hegemonías, este es el segundo poder que actúa al unísono con el médium, el terrenal. En algunos casos la balanza se estabilizará y en otros basculará para favor de unos u otros, un ejemplo es la diferencia entre el antiguo régimen y la revolución francesa… O un octubre rojo contra la Rusia zarista.

Y así en la actualidad vemos una balanza diferente en cada sociedad, desde el comunismo chino al fervoroso Irán, pasando por todas esas democracias cuyos gobernantes ceden al patrimonio religioso gran parte de su ideología…  como en ocasiones pasa por aquí.

Pues bien, estas tribus situadas en el perímetro de un lugar de culto, como ahora los pueblos entorno a una ermita o países entorno a una monumental tumba, conferenciaban sus solsticios y equinocios según lo marcaba el sol y en puntos marcados en un momento perdido de la historia por algún médium o mago de una antiquísima  tribu, ya sea un gran árbol de roble o una encina, un manantial o un lago, un otro hito geográfico de mayor escala, fuerzas telúricas que proporcionan energía y calma espiritual, zonas ionizadas que se adentran en los albores de nuestro nacimiento como monos pensantes… aquel riachuelo serpenteante en la umbría de la selva o ese gran árbol que nos daba cobijo.

Muchas ninfas de agua con el tiempo se convirtieron en vírgenes todas llamadas María e inmaculadas, y como no, la aparición del venero virtual; las pilas bautismales que integran al recién llegado en la protección de la Fe. Alrededor del mundo todas las culturas mantienen un infinito respeto al agua y a todo lo que esta proporciona, véase si no Egipto.

Sin andar por la ramas ni ramonear, la decisión de un lugar de reunión para todos los médiums no es otra que la de mantener viva la llama de su magia, intercambios y resultados hacen que estos instrumentos de comprensión de la naturaleza se conviertan en instrumentos de control.

Estos fueron llamados Chamanes o druidas, entre otros nombres, adquirían la particularidad de poseer los secretos ocultos al poder terrenal, hombres que se guiaban mucho por la intuición y una inmensa curiosidad, comparables a muchos eruditos de nuestra época y otros no tanto afortunados que quedan para quiromantes de programas de televisión o visionarios que se desgañitan en las calles dominadas por el mercado. Ya tenemos los ingredientes para que otra comunidad más numerosa y ambiciosa decapite estas organizaciones catalogándolas de herejes o retrógradas, iluminados,  drogadas y antropomorfas, comedoras de niños disfrazadas de lobos… todos los ingredientes para que el poder mantenga a sus acólitos en estado de aletargada mansedumbre; y así fue como la gran Roma destruyó el laberinto céltico o la temida inquisición persiguió a pobres adoradores del diablo de la exploración de lo incomprensible… como los científicos o libre pensantes… como los cátaros.

Una tribu que queda desmembrada de poder espiritual está condenada a corromperse y a saltarse los valores que mantienen unida a la gente en lo más básico; sentirse protegida.

Esto mismo sucede ahora y no en condiciones muy diferentes, la Iglesia, ya empapada de política y untada con oro compite con el poder terrenal que o bien a salido en urnas o bien está dominada por una serie de jerarcas de realengo, son casi ya dos poderes terrenales, unos se corromperán desistiendo en muchos casos de los gritos de los necesitados y otros aprovecharan el mercadeo y la ansiedad consumista para crearse paraísos de ambición y vanidad. La actualidad nos dice que no hay valores, que nos sentimos desprotegidos.

Aquellos chamanes y druidas aún están entre nosotros y no son, la mayor parte de ellos y como los medios nos los pintan, personajes pintorescos y desequilibrados que entornan los ojos bajo el humo del incienso, son hombres y mujeres que tienen la inquietud innata de curiosear más allá, de dar respuesta a las preguntas existenciales que se hacen y que les hacen, que viajan con la imaginación y que crean energías que se transmutan en descubrimientos médicos como hizo Servet o Galileo en su mundo astronómico, en delicadas pinturas de arte como hicieron los pintores de Altamira, los grabados anglosajones, los frescos etruscos, los Miguel Ángel Bounaretti, los Caravaggio o los Sorolla, transforman la dura roca en bellos mensajes de amor como Bernini, o crean melodías en post de la épica antigua como Warner,  pero como “el bosque no sería bello si sólo cantaran los pájaros” también habría que acoger en este seno a los que meditan, simplemente piensan o se hacen preguntas que puedan esclarecer su deseo de saber.

Lo vi en el cartel de la conferencia, lo vi en el dibujo de Gandalf que apoyado en su báculo caminaba por un sendero, un sendero del conocimiento y la vida.

Las hoguera que esta noche ha alumbrado mi estancia con ese caprichoso baile de lenguas de fuego me ha despertado el instinto de miedo al peligro de una fuerza natural descontrolada, llamas demasiado bravas, pero al rato, cuando han quedado las refulgentes ascuas, me he entregado al pensamiento meditativo y a la reflexión, y por un momento he sentido el sonido del pasado susurrándome leyendas que probablemente mis vecinos de al lado no escucharían mientras tengan que cambian incesantemente el canal de televisión o responder a un narcótico “El tiempo es oro”.

Me ha llegado un washap.

Al final y al cabo descubrimos que seguimos estando sometidos, barbaros, pero sometidos.



Para Amanda Candle con quien comparto esta lumbre.



XI-2013

jueves, marzo 21, 2013



¿Cómo contar una historia absurda y sin sentido y que contenga una esencia de lógica?


Vamos a ello;
Ayer por la mañana, como muchas mañanas de sábado me tiro a la arena de la playa a buscarme, a pasearme y deleitarme con los extraños sonidos que de la mar me llegan, bien sean silbidos, bien sean atruendos de motor invisible o bien sean suspiros silenciosos de mujer enamorada. Por resaca o días que han contenido excesivo oleaje el mar suele obsequiarme con objetos caprichosos que él mismo se ha entretenido en moldear lentamente hasta la ridiculez, lamiéndolos en la boca del tiempo; botellas que se convierten en hermosos diamantes y zafiros de colores, ladrillos de albañilería que se convierten en flautas estrambóticas, monedas anuladas de identidad, sistemas electrónicos que pertenecieron a la civilización de hace 20 años, cualquier cosa que sea susceptible de labrar, inclusive el imposible acero. En este punto es cuando me detengo en seco durante mi paseo ante un objeto perverso que desde mi infancia siempre se me antojo codiciado por el poder que le daba a mi imaginación, un machete hecho sencillamente a base de un mango negro de plástico duro con la enseña alada del ejercito, detalle que el mar o algún pacifista pescador receloso del estado se encargó de lijar borrando con esmero. Estos puñales de campaña disponían de un abridor de botellas en la base, supongo que para disfrutar de una cerveza después de un desembarco en algún islote perdido.



Pero fue su hoja la que en verdad me llamó poderosamente la atención, la mar salada, en su afán de crear nuevas formas la había desgastado irregularmente, dejando un acero que daba la sensación de sierra esquizofrénica o de locura inventiva medieval. No tardé en apoderarme de él para meterlo con rapidez y discreción en mi mochila, se me ocurrió la idea de fotografiarlo para demostrar que la incansable acción del agua puede cambiar de forma e incluso hacer desaparecer cualquier dureza que se presuma invencible... el agua y el tiempo, un principio de filosofía oriental.
 Luego lo afilaría y lo perfilaría para dejarlo como un estilete o un abrecartas cuya función no pasaría de cortar alguna verdura. Y con esas que me lo lleve para mi casa, donde me sirvió también y de gran ayuda, por cierto, en la función de extractor de una maceta de encina que esperaba ser trasplantada ante la inminente llegada de la primavera, una encina que me acompañaba fielmente desde que comenzó mi andadura lejos de la patria chica que era mi familia, una encina que si persistiera regresaría algún día conmigo…
Ya ha pasado un día más, otro café más, otra vez a lavarme la cara… otra vez la mente me engaña y me distrae para llevarme a sus planes, como si un niño tirara del cuerpo aburrido de un anciano, señalando ansiosamente algún juego más divertido aún que el anterior, salgo a la terraza y miro la encina, el machete está clavado en la tierra, pienso que para fotografiarlo me hace falta un trasfondo, un contexto, la ruindad de traérmelo de la playa me pudo y no caí que el mejor contexto para una foto es el lugar del hallazgo, método arqueológico de base, y como si de un examen suspendido se tratase agarro la cámara y el puñal, salgo pitando para el lugar del encuentro. 
Me quito los zapatos y los calcetines justo después de comprobar que la playa está deshabitada, supongo que aún tengo exceso de cordura y me da que alguien me perciba, que absurda timidez...
 La idea es dejar el machete en la zona donde la ola acaricia la arena dejando un límite espumoso, de color lechoso  y justo cuando la mar lo toque levemente disparar la instantánea.
Esa fue la última vez que vi el maldito cuchillo, el mar, en una de esas traicioneras embestidas que te envuelven sin avisar hasta las pantorrillas recuperó su cuchillo, agarrándolo con presura y llevándoselo a las profundidades de su cocina. Me quedé atónito, atónito y empapado...
Meditabundo y alicaído me senté a secar mi cámara y estrujar mis pantalones, desaguar mis gafas y  que mi mente, nuevamente me incordiara con divagaciones estériles sobre el destino de las cosas, sobre lo que se nos presta y de lo que nos apoderamos sin permisos ni agradecimientos, sobre nuestros tantos egos y en lo que nos convertimos y sobre si alguien, algún día, paseándose por aquí se topara con este objeto lamido por la cadencia intemporal de las olas, que salió del mar para trasplantar una encina y que un día más tarde retornó como un juguete prestado a un chiquillo travieso .




















Yosi. 2013